Mi abuelo me sacaba todos los días a pasear en mi triciclo amarillo,
lleno de cinta adhesiva y scotch recogido del beco,
íbamos a la plaza el paseo, y él me mostraba donde vivía mi mamá, que para mi era él.
Yo recorría y recorría entre los árboles, me sentaba en los asientos enormes y miraba el mar y las casas abalconadas en Valparaíso.
Y así mi mañana se convertía en un mundo de plazas, té y helados centellas rodeado de las conversaciones del Señor Montenegro que tenía un negocio de puros dulces en la Plaza Recreo.
Tú todos lo días nos llevaba a cada uno un tofee, y juro no recordad algún día sin uno de ellos.
Cuando era fin de mes nos compraba un trencito chiquitito y lo partía en tres,
él siempre decía: Uno parte, el Otro elige.
jueves, 9 de agosto de 2007
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